Ahora se trata de dar unos consejos generales para todo tipo de personas que quieran mantener una relación viva con el Señor, por medio de la Oración

 

Primero

     Debes elegir un lugar adecuado. Ten en cuenta que los ruidos no ayudan a rezar. Elige un templo (en él, la Capilla del Santísimo (el Sagrario) es el lugar mas adecuado); puedes elegir tu propia habitación en tu casa; un lugar muy bueno y bonito es salirte al campo, en medio de la naturaleza; te sientas en un ribazo, eligiendo el lugar en que te vas a encontrar más a gusto... y ¡adelante! a abrirle tu corazón al Señor, (por eso os he dicho que la fotografía va a tener mucha importancia en nuestra WEB, porque quiero mostraros el gran regalo que Dios nos ha hecho, con nuestro pueblo, con nuestros preciosos campos, con todo nuestro entorno que tanto se parece al cielo); ¡qué bien se hace en medio de la naturaleza, la oración de ALABANZA y de ACCIÓN DE GRACIAS!. Como ves se trata de lugares que te invitan al recogimiento y a la interioridad.

 

Segundo

     Debes elegir un horario apropiado que te permita orar sin prisas, sin sentirte atosigado por el trabajo o los quehaceres. No puedes rezar muy bien si estás pensando que tienes que hacer esto o lo otro. Cuando elegimos el momento, es para rezar y no para pensar en otras cosas. Las obligaciones y las actividades son para otro momento.

 

Tercero

     Lo que hemos dicho con los niños acerca del relajamiento, también es muy importante en los mayores. No podemos orar bien si estamos tensos, nerviosos, estresados. La ventaja nuestra, con respecto a los niños, es que podemos elegir, las posturas mas idóneas para conseguir dicha relajación: cada uno de nosotros debe ser capaz de adoptar la postura o posición más adecuada que le de la serenidad y tranquilidad necesaria para encontrarse con el Señor. Las posiciones normales son: de Pie, Sentado, Arrodillado; y en cada una de estas posiciones, se pueden incorporar ciertos gestos que nos ayuden a una mayor concentración o a una mayor intensidad en nuestra oración, por ejemplo:

 

--abrir los brazos en cruz, porque en tu oración quieres unirte más plenamente a Jesucristo crucificado.

 

--abrir los brazos con las palmas de las manos abiertas hacia arriba, como pidiéndole al Señor que acoja tu plegaria; te abres al Señor mostrándole todo el amor de tu corazón.

 

--también con las manos juntas, como señal de humildad, de nuestra pequeñez y reconocimiento de la Omnipotencia de Dios.

 

Cuarto

     Cuando reces, debes ser consciente de que el Señor está allí presente, para escucharte y para hablarte. Puedes entornar e incluso cerrar los ojos, si ello te ayuda a detectar la presencia de Dios, pues debes saber que, sólo los ojos de la fe, nos permiten ver a Dios, en el sentido de sentir su presencia en nuestro corazón.

 

Quinto

     En lo explicado hasta ahora, nos hemos centrado en el momento puntual y diario en que tu vas a buscar al Señor para hacer tu oración; pero en la medida en que vayas teniendo más intimidad con Dios, te darás cuenta que, en realidad, toda tu vida puede ser una constante oración. Me explico: tu fe es tan grande, tan intensa, que sientes cómo Jesús, el Señor, está contigo en cada momento del día, por ejemplo:

 

--un ama de casa, cuando se dispone a preparar un hervidito de patatas y verduras para su familia, le puede decir a Dios: "haz, Jesús mio, que ponga todo mi corazón pelando estas patatas y limpiando estas verduras, que van a servir de alimento a los mios" .

 

--un camionero se levanta de buena mañana, se pone manos al volante, y le dice al Señor: "ayúdame a conducir con responsabilidad y con amor, este camión que has puesto en mis manos para trabajar".

 

--un (una) joven, que inicia su jornada escolar, le dice al Señor: "Te ofrezco, Señor, toda mi actividad escolar de este día; guíame para que pueda aportar todos los dones que me has dado".

 

--resumiendo: os he puesto algunos ejemplos para mostraros que en cuarquier momento del día se puede rezar; que en cualquier actividad que vayamos a realizar podemos ofrecer nuestra plegaria corta al Señor, pidiéndole que nos de responsabilidad en nuestros quehaceres y trabajos. Cuando un creyente actúa de este modo, es porque ha caído en la cuenta de que Dios está siempre con él; esto lo expresa muy bien San Pablo cuando dice: "Es que no soy yo, es Cristo quien vive en mí".

 

     Para terminar este quinto apartado, considerad que la oración espontánea, se puede realizar en cualquier momento, porque si Cristo Resucitado es el amor de tu vida, y crees que está siempre contigo y que te escucha en todo momento, le puedes decir espontáneamente lo que te sale de tu interior: por ejemplo: "Jesús, Tú eres mi maestro"; "Jesús, que eres el Buen Pastor guíame en ..."; "Jesús, alcanzame la gracia de...."; "Señor, dame fuerzas para...".

     Pueden ser peticiones, o pedirle perdón o darle gracias o alabanzas. Dilas en forma pausada y con "todo el corazón" sabiendo que Jesús está frente a ti escuchándote y amándote.

 

Sexto

     Os hablamos ahora un poco sobre los hábitos. Crear hábitos buenos, nos ayuda a vivir, haciendo las cosas como Dios manda. El hábito crea un mecanismo psicológico en nosotros que nos mueve a realizar aquello en lo que nos hemos habituado, hasta el punto que si no lo realizamos, nuestra conciencia nos avisa: por ejemplo, uno realiza la visita al Santísimo a diario, y el día, que por lo que sea no la hace, su conciencia le dice: "hoy no has hecho visita".

     El hábito nos impulsa a hacer las cosas sin ningún esfuerzo, por propia inercia. Crear en nosotros el hábito de rezar es muy importante para nuestras vidas.

Pero, ¡ojo! porque un hábito puede ser bueno y puede ser malo; somos nosotros, que conscientemente hemos optado por crear en nuestras vidas, hábitos que nos ayuden a vivir las virtudes, el amor, fraternidad, amistad, paz, etc. Cuando tenemos fuertemente arraigado el hábito de rezar, no podemos dejar de rezar.

 

Séptimo

     Desgraciadamente, el ser humano tiene una fuerte tendencia a ser egoista; piensa uno más en sí mismo que en los demás. Esto suele suceder en todo orden de cosas, y desgraciadamente también en la oración.

     Son demasiados los creyentes que centran su oración sobre sí mismos y sobre los suyos; y muy poco o nada sobre los demás. Si vamos adquiriendo poco a poco la finura espiritual propia del creyente, nuestra oración se hará más abierta y menos centrada en nosotros mismos.

     Sucede algo muy curioso: cuando en nuestra oración, pensamos más en los demás que en nosotros mismos, resulta que Dios atiende nuestras necesidades sin habérselas pedido. Nos olvidamos de nuestros problemas, de nuestras dificultades, de nuestros sufrimientos, y en la plegaria ponemos ante el Señor, los problemas, las dificultades, los sufrimientos de los demás; y paradójicamente, resulta que Jesucristo (que sabe perfectamente lo que nos sucede y necesitamos), también nos hecha una mano a nosotros.